Definitivamente durante el 2020 la educación y el mundo en su conjunto fueron puestos en jaque. En este tiempo se hablaron y escribieron muchas cosas al respecto, dejando en evidencia la existencia de múltiples variables entrelazadas que nos afectaron como individuos y como sociedad. Pero en esta oportunidad quiero detenerme y reflexionar sobre una de las variables que considero que más afectó a la educación: la redefinición del espacio. El pasado año tomamos consciencia de que habitamos “la nube” como un espacio paralelo y complementario en nuestras vidas. Algunas personas más, otras menos, pero en definitiva todos teníamos una parte de nuestras vidas diarias que acontecía allí, y que a partir del aislamiento se multiplicó exponencialmente.
Por un lado, la realidad nos puso de manifiesto un nuevo espacio que con el correr del tiempo se transformaría, involuntariamente, en el único posible. A raíz del costo que esto significó, logramos hacer evidente la verdadera importancia y dimensión que tiene para nosotros la interacción social, la necesidad de vernos y de estar presentes físicamente para muchas cosas.
Así como en lo social, las plataformas virtuales fueron un puente para sobrellevar el aislamiento que vivimos. Sin embargo, a medida que transcurrían los meses quedó demostrado que no alcanzaba con poder conversar y vernos a través de las pantallas. La presencia física es algo humanamente inexplicable que la virtualidad por sí misma no pudo reemplazar. Pero me pregunto cómo hubiera sido todo si no la hubiésemos tenido al menos como puente entre nosotros.
Por otro lado, es innegable que a raíz de haber transitado un camino tal vez más escabroso de lo ideal, hemos descubierto que existen diferentes tipos de presencialidad, y que podemos de a poco entenderla no como un concepto binario, sino adaptable a las necesidades de cada situación.
Aún así, el desafío es menos obvio de lo que parece. No es cuestión de polarizar entre la presencialidad y la virtualidad como si fuera una nueva grieta, sino de encontrar el punto de cohesión entre lo mejor de las prácticas presenciales y los entornos virtuales ya instalados. Por ello, como instituciones educativas deberemos ser capaces de encontrar rápidamente ese camino de equilibrio para proponer un ambiente adecuado para las nuevas generaciones.
Por supuesto que esto influye directamente sobre el modelo educativo y habilidades que debemos proporcionar a nuestros alumnos. Debemos entender que la virtualidad y su potencia se incorporan cada vez más en las actividades de hoy y mañana, y es necesario preparar a los estudiantes para que desarrollen su autonomía y encaren desde los valores tradicionales y centrales que se proponen desde el BDS, nuevos escenarios que serán cada día más desafiantes.
Como educadores es nuestro deber y gran desafío capitalizar todo lo logrado durante el 2020. En el BDS hace años que vislumbramos estos horizontes y trabajamos convencidos de que el camino de la innovación y el trabajo en la “nube” son los correctos. Pero el 2020, volvió a reconfigurar el mundo y debemos ser capaces de aprovechar esta oportunidad para incorporar metodologías y herramientas que hasta ahora nos parecían lejanas, de forma tal que cuando podamos volver a la tan ansiada normalidad, donde los vínculos presenciales sean nuevamente algo diario, hayamos cambiado nuestra mirada y la “escuela en la nube” sea parte de nuestro día a día.
Lic. Francisco Lehmann
Vicedirector General de BDS